Hay figuras que no se crean para ser vistas, sino para ser sentidas.
Wizo nace desde ese lugar invisible donde el significado antecede a la forma.
Wizo es el Guardián del Aliento. No como una entidad mítica lejana, sino como una presencia silenciosa que habita el umbral entre lo que somos y lo que permanece. El aliento —ese gesto mínimo que sostiene la vida— se convierte aquí en símbolo de lo esencial: la pausa, la conciencia, la memoria del cuerpo en el tiempo.
Más que una escultura, Wizo es una pregunta abierta.
¿Quién cuida aquello que no se ve? ¿Qué permanece cuando todo parece transitorio?
En su concepción, Wizo no surge como objeto, sino como intención. Es el resultado de una búsqueda interior: la necesidad de crear una figura que custodiara lo intangible, que diera forma a aquello que normalmente se escapa a la mirada. Su postura, su silencio y su presencia contenida no buscan imponerse, sino acompañar.
Wizo observa sin juzgar. Protege sin poseer.
Es un guardián que no vigila el exterior, sino el espacio íntimo donde habitan la respiración, el recuerdo y la permanencia.
Cada espectador reconoce algo distinto en él. Para algunos, Wizo es calma. Para otros, resistencia. Para otros más, un recordatorio de estar presentes. Esa ambigüedad no es un accidente, sino parte de su esencia.
Este es el inicio de su historia.
En las siguientes publicaciones exploraremos su simbolismo, su proceso de creación y la manera en que esta figura se materializa en el tiempo. Wizo está aquí para recordarnos que incluso lo más invisible merece ser protegido.